En el camino marcado por el compromiso europeo para reducir el 90% de las emisiones de CO2 del transporte en 2050, los ecocombustibles quieren ser una opción algo más inmediata que la electrificación, que implica la renovación del parque de vehículos. Además de suponer una reducción de las emisiones de dióxido de carbono respecto a los combustibles tradicionales, en algunos casos hasta cero, la creación de un sector dedicado a los ecocombustibles puede significar un impulso a la industria y economía españolas.

De entrada, quizá nos suene el bioetanol. Se trata de un ecocombustible denominado ‘de primera generación’ producido mediante la fermentación de productos vegetales como la caña de azúcar o la remolacha, muy extendido en Brasil y Estados Unidos. El biodiésel es otro ejemplo que se fabrica con aceites vegetales (colza, palma, girasol, lino…), grasas animales o algas, más usado en Europa.

Los ecocombustibles ‘de segunda generación’ se obtienen de todo tipo de residuos biológicos o bien de forma sintética. Los primeros pueden fabricarse con cereales como el maíz; plantas oleaginosas como la soja o el girasol, o especies forestales como el pino y el eucalipto, y también con aceites usados, excrementos animales, desechos agrícolas o biomasa forestal. El segundo tipo se obtiene de forma sintética, a partir de CO2 capturado e hidrógeno verde. Como apunta José María Buisac, director técnico de Grupo Hafesa, la importancia de los dos tipos de ecocombustibles es esencial en este proceso: «Los de primera generación son los que actualmente tienen un uso más amplio, mientras que los de segunda generación dan un paso más en la reducción de CO2 al aportar el valor añadido del reciclado de residuos». Ese reciclado, asegura, «evita un uso mayor de cultivos energéticos y facilita el aprovechamiento de los residuos».

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